Era un guión genial. Recuerdo perfecto cuando me llamó la agencia de publicidad que diseñó las campañas del SERNAM para combatir la violencia intrafamiliar y particularmente el femicidio. Nunca dudé en ser la cara visible de algo que por fin situaría en el lugar que corresponde las palabras. Nunca trastabillé en hacer un aporte para que la sociedad en la que vivo, fuera un poco más respetuosa.
Resulta que ayer venía saliendo de una reunión y me llama furioso el escritor Pablo Simonetti, para contarme que a la salida del Movistar Arena el sábado pasado, mientras Ricky Martin hacía lo suyo en esta gira musical, habían lanzado un millar de panfletos en mi contra. Al cabo de unos minutos me envía un mail el gran Rolando Jiménez del MOVILH para brindarme su respaldo. No alcanzaron a pasar unos pocos segundos y me llama la Ministra Carola Schmidt para manifestar su indignación y advirtiendo que su Cartera de Gobierno interpondrá una querella en contra de quienes resulten responsables por la agresión y las amenazas.
Comprenderán, paré en un servicentro a comprarme un café, estacioné unos metros más allá, prendí un cigarrillo y me dije a mi mismo: Oye mismo, parece que esto es grave.
Me vine a almorzar a mi casa, luego me tendí un rato a regalonear con las perras, observé los ranúnculos floridos que tengo en mi escritorio y revisé las fotos que hice el fin de semana.
Hago públicas estas amenazas porque trabajo en algo público, porque soy una persona pública y porque es precisamente el público el que me critica, me alaba, me protege, me cuida y también me agrede.
Hago campañas en contra de los maricones que maltratan mujeres porque quiero vivir en un mejor país. Hago partícipe a todo ese público de mi sexualidad porque estoy convencido que así como hombres y mujeres tienen el derecho de hablar públicamente que se casan, que se gustan, que tienen hijos y que se unen, también ellos acepten que los que nacemos homosexuales no hemos decidido serlo, sino que nos tocó ser así y merecemos el mismo respeto que todo el resto de los que son “normales”.
Recibo con toda la humildad que me enseñaron desde chico las muestras de apoyo y el respaldo de las instituciones que quieran subirse a este carro de la inclusión y el respeto.
Y les juro por mi vida que la única razón por la que comparto este episodio es para que nunca más vuelvan a quemarle la casa a unos transexuales en Talca ni en cualquier parte de mi país. Para que dejen de hacernos sentir como enfermos. Para que todos los que ya son o están con la esperanza de ser padres, piensen que quizás les toque tener un hijo homosexual y no lo manden al doctor cuando se enteren para que se mejore. Para que podamos caminar por la misma vereda, gordos, negros, cojos, judíos, gallegos, feos y malvestidos.
Asumo una vez más la exposición que esto conlleva y tendré que dejar de andar en bicicleta por unos días, pero no por mí. Hay toda una población de minorías sexuales que por el hecho de ser anónimos sufren vejaciones, humillaciones y hasta en sus propias familias les cargan vacíos emocionales francamente indignas. Inadmisibles. Por todos ellos, por ellas, pero sobre todo, por todos los padres que están criando y que no saben cuál será el futuro de su hija o su hija, les imploro que nos unamos.
¿Y el panfleto? Pues nada, primero que lo escriban sin errores ortográficos y cualquier duda que tengan sobre mi verdadero nombre, que dejen de especular tanto y que vayan al Registro Civil a verificar cómo realmente me llamo. Tampoco soy culpable por ser nieto de un catalán.
El jugo de naranjas recién exprimido, el pan tostándose y sentados los dos comenzamos otro día tomando desayuno. Debo suponer que todas las parejas que trabajan toman desayuno juntas. Yo también lo hago. Y si no les parece bien que tengamos el mismo sexo, miren para otro lado, cambien de canal o rechacen leyes para que podamos tener igualdad. El punto es que vamos a seguir existiendo. Vamos a seguir naciendo así, con esta condición que no elegimos.
Me piden que a través de estas líneas elabore una presentación y resulta que lo único que tengo claro es que soy un fotógrafo que mientras construía un esforzado prestigio en las editoriales, me vi tentado para abultar mi cuenta corriente a cambio de mostrarme a los medios con el mismo desparpajo con el que transitaba por las calles. De eso ya han pasado cuatro años. Tendría que haber cambiado casi toda mi esencia y haber callado cuando más necesito hablar, para convertirme en esos rostros de TV que no hablan de política, que encuentran que todo está regio y que andan siempre con cara de cumpleaños. La sensación más cercana a la libertad en esta jaula de monos, es escribir y mantener este rol secundario, miembro del panelismo y observante agudo del comportamiento televisivo. Mis fotos siguen su curso de cautivar emociones, pero en otra esfera. En la que cualquiera de ustedes puede estar, si quiere.